Mujer tenía que ser
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El cante de Rosi Campos, con guitarra de Pepe Núñez, llegó a La Libre Flamenco el pasado domingo 8 de marzo, en La Libre de Barrio de Leganés.
Foto: Pacolega
Hay días señalaítos en el calendario y no sólo por la tradición flamenca: este domingo antes del recital de la malagueña Rosi Campos en la Libre de Barrio de Leganés se manifiesta por el 8M, día internacional de las mujeres. De mano del tocaor Pepe Núñez cada vez más nuestro, con permiso de los amigos del Duende vallecano, pisa firme el escenario Rosi por tangos con una técnica vocal, una dicción y un conocimiento impecables. Prueba de ello son la rondeña chica y el jabegote que cierran sus malagueñas. Por alegrías se acuerda la artista de Camarón y Beni de Cádiz.
Lo festivo y lo reivindicativo no están reñidos, no sólo por ser mujer nuestra intérprete en un día como éste sino por el firme compromiso de ciertas letras que desgrana: en su “ya no te quiero, tengo en mi casa género bueno” por soleares suena el empoderamiento de todas aquellas que intentaron callar. Al cantar la farruca y como mujer, resignifica un cante magistralmente bailado por intérpretes masculinos (Antonio Gades, El Guito o Mario Maya, gigantes del baile), un cante cuyas letras suenan como un No a la guerra.
Al saber hacer, que ya es mucho, de Rosi, le sigue un saber estar (en el escenario y, seguro, en la vida, que diría Enrique Morente). Basta ver cómo recorre el trecho entre el camerino y el escenario confeti la cantaora, vestida de rojo pasión, mirando a los ojos y susurrando su vidalita. Da vida a una tonadillera de café cantante, aquella cuna de flamencos y nostalgias ultramarinas de ida y vuelta al filo del siglo XX. Como muestra de reconocimiento y de cariño se les ofrece un pequeño homenaje a los dos artistas del día, un libro, una flor y un retrato enmarcado en blanco y negro de Pepe por Pacolega que reciben emocionados.
Rosi se engrandece por fandangos, variando los estilos con una pinceladita de Calañas. Al invocar a la madre, figura totémica, sus seguiriyas tocadas por la pérdida irremediable son un trallazo directo al corazón. Prescindimos de jerséis y fulares, ropa que sobra y quema la piel ante lo indecible. Cantaora y tocaor, cuya maestría se impone con naturalidad dejan para el recuerdo un momento de antología, de los pocos que te hacen decir: yo estaba allí. Por bulerías se templa el ambiente acogiendo ecos de Fernanda y Bernarda. Nos lo advierte Rosi: saldremos a un mundo en el que convenía que la paloma el vuelo no levantara, cuyo ramito de oliva del pico cayó. Al menos durante un instante, parapetados tras los tomos de la Libre, hemos disfrutado de un mundo alejado de fusiles y venenos.
