Rocío Bazán en La Libre Flamenco: antología de la mujer en el cante
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Rocío Bazán y El Mami fueron, el pasado domingo 16, los protagonistas de marzo en La Libre Flamenco.
Con el cartel de no hay billetes, como viene siendo habitual en el ciclo flamenco en La Libre de Barrio de Leganés, Rocío Bazán nos ofrece un paseo por la historia del cante jondo. Por malagueñas y guajiras recorremos los cafés cantantes finiseculares, convocando a La Trini y a El Canario. Surgen letras marineras de Rafael Alberti, mecidas a ritmo de paisajes ultramarinos junto al toque de José María González Bonilla “El Mami”, que acompaña a la cantaora de Estepona. Concluye una primera parte volátil con la farruca de Mario Maya, El Güito o Antonio Gades, jaleada por Sebastián Heredia, de la familia de Los Pelaos. El baile rotundo y a la vez aéreo de estos tres gigantes se dibuja en filigrana, un estilo más cercano al tap dance de un Fred Astaire (los tres se han curtido en teatros de los Estados Unidos) que al insufrible ametrallamiento de las tablas tan en boga en algunos escenarios. De nuevo vuelve la mar por cantiñas de la mano de Rosa La Papera, madre de la Perla de Cádiz, con una letra popularizada por la gran señora del cante que es Carmen Linares: “cambiaste el oro por plata, la plata perdió su brillo…”

La segunda parte es una vuelta a la raíz con la caña y el polo de Tobalo que en sus ayeos evocan a Pepe el de la Matrona más que a Rafael Romero. Aquí, El Mami despliega todo su saber hacer, adquirido en las miles de horas junto a los más grandes, totalmente volcado en la escucha de su cantaora, con la guitarra en posición vertical sobre el muslo derecho, a lo barbero, como se tocaba en los principios del flamenco. Los tientos son el mejor momento, un plato fuerte y sabroso para quien sabe escuchar. ¿Cómo es esto de interpretar con la misma solemnidad que unas soleares un palo con fama de liviano, convertido por otros en rutinario fastidio? Siguiendo el pájaro por la senda de la verde oliva, transitada desde Antonio Chacón hasta Enrique Morente y con el mismo compromiso que por las seguiriyas que siguen justo después.
En la foto del cartel, hay quien no reconoce a Rocío. “Está muy cambiada, parece otra”, comentan dos aficionadas. Indudablemente, ella es algo camaleónica, en su capacidad de fundirse con las grandes estrellas como ella misma sugiere al mencionar a Tina Turner, pero sin dejar de ser ella misma. Si por cantiñas Rocío es la Perla de Cádiz, las tarabillas introductorias al cante por bulerías que le salen por la boca no sólo recuerdan a, sino que son la propia Francisca Méndez Garrido, la gran Paquera, así como el Mami adquiere ecos de la guitarra exacta y saltarina de Parrilla de Jerez. De vuelta a casa, el tren traquetea a ritmo de la pataíta que se marca Rocío, además de por fandangos, con aquella letra que ella rescata y remite a las contingencias de tantos andaluces llegados a la capital.
“Calaña ya no es Calaña, es un segundo Madrid.
¿Quién no ha visto por Calaña pasar el ferrocarril,
a las dos de la mañana?”