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Las mil y una formas de tocar atrás y alante

Flamenco, José Luis Montón y Roberto Lorente

El ciclo La Libre Flamenco, en La Libre de Barrio de Leganés (Madrid), despidió el domingo 14 de junio la temporada ofreciendo al público una fantástica traca final: el gran guitarrista José Luis Montón, que acompaña a artistas de la talla de Mayte Martín, tocó mano a mano con Roberto Lorente, el secreto mejor guardado entre los jóvenes cantaores llamados a despuntar, con un poco de suerte, en un futuro. Fue uno de los mejores y más completos espectáculos del ciclo, digno de figurar en los grandes festivales flamencos del país.

De hecho, el cantaor nos confesaba el gran reto que supone tocar con el maestro. De entrada, los roles parecían invertidos. Quien llevaba la “voz cantante” por así decirlo debía ser, en principio, el veterano guitarrista. ¿Con qué puntos a su favor? No cabe duda de que es un espléndido compositor y un intérprete con una dilatada experiencia, un gran prestigio aquí y a nivel internacional que compagina con una incansable labor didáctica de “maestro” en el sentido más genuino de la palabra.

Roberto Lorente no se arrugó, recogió el guante. La discreción y el gran respeto del cantaor se pusieron al servicio de la soleá, que recupera aquí su sentido primitivo: un cante de dolor y desgarro, que demasiados cantaores abordan a menudo con un triunfalismo de trompetas de Juicio Final, desvirtuándola, a mi juicio, por completo. En los tientos se despliega toda la sabiduría del compás que imprimen los tablaos en quien como Roberto Lorente, tanto los ha pisado y “trabajado”, cantando atrás para el baile. Experiencia, por cierto, ésta del “saber estar atrás” que comparte con José Luis Montón, quien se prodiga en la otra gran ciudad del país, Barcelona. El tocaor sí que ha sabido y sabe estar alante y también atrás en un juego sutil en el que ninguno de los dos artistas le pisa el terreno al otro, ocupando cada uno exactamente el lugar que le corresponde.

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Ambos se lanzan a las alegrías dando el cantaor rienda suelta a su voz, que va ganando amplitud hasta ocupar todo el espacio. Templa el maestro con la guitarra, desde el cariño y la experiencia. Aquí ya no vale eso de que la guitarra en general espera o sigue al cantaor, sino que va ofreciendo pautas, como una propuesta lúdica más… Ambos se van creciendo, no por separado sino juntos en su enjundia musical. La seguiriya deja al público rendido por su intensidad musical y emocional. José Luis Montón, el mago del sombrero negro y la camisa roja, decontruye y vuelve a recomponer ante nuestros ojos atónitos los distintos palos flamencos; nos los acerca, como si estuviera ante un público nuevo, haciendo la labor de cualquier intérprete que siempre es y debería ser ¿por qué no decirlo? también un pedagogo.

Madre mía, ¿pero qué iban a dejar estos dos para el final? Al bajar del escenario, el cantaor temblaba de emoción y lanzaba una insólita frase: “He cantado por seguiriyas… ¡y eso que todavía no es de noche!”, tanta será la costumbre para él de ganarse la vida encerrado a cal y canto en la oscuridad de los tablaos y de los teatros.

La guajira empieza grave, solemne, avanzando disfrazada, juguetona, hasta que estalla la suerte de estribillo que tanto la caracteriza. En los personalísimos aportes de José Luis se oyen los ecos de Mayte y de tantas voces del pasado… Y después, este chico criado en Madrid canta por fandangos naturales a “los campesinos que van dejando su vida por un plato de comida”, como mi abuelo y tantos otros de este país, allá por los años cuarenta. En los fandangos, en general, la guitarra suele tocar a la vez que el cantaor, acompañándolo e imprimiendo el balanceo inconfundible e inherente a este palo. Sin embargo, en estos fandangos naturales, Roberto Lorente deja paso a la guitarra y el instrumento le devuelve al cantaor la cortesía, lo cual se ajusta perfectamente a la manera de vivir la música de estos dos artistas, que se entienden y se miman con respeto. Cada uno asume su “saber estar alante”, después de tanto haber estado atrás.

Al acabar las bulerías, nadie se quiere marchar… y eso que los cantes han sido largos, variados, plenos. Hay que bajar, un poco, la intensidad y eso lo consiguen los dos entregándonos unas alegrías de Córdoba, revisitadas por el guitarrista de sonrisa pícara, infantil, que viste camisa roja y sombrero negro. Después del concierto, el maestro deja caer que, ¿por qué no? podría haber una nueva colaboración entre los dos. Este caramelito endulzará la espera estival antes de que volvamos a saborear un nuevo ciclo flamenco, lleno, seguramente, de nuevas sorpresas para este otoño.

Por Isamad
Fotos: Pacolega

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