actualizado 23:36 CEST, 16 Apr 2019

Elegancia y modernidad del Ballet Nacional de España en su 40º aniversario

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Elegancia y modernidad del Ballet Nacional de España

El Ballet Nacional de España celebró durante el mes de diciembre cuatro décadas en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, con más de veinte noches a través de coreografías esenciales de su propia historia.

Azafrán, turquesa, castaño, verde agua, verde limón, antracita, lila, granate…. Tonos elegantes, orgánicos, evocadores de paisajes y realidades de aquí, en trajes y escenografía de los 40 años del Ballet Nacional de España que se cumplieron en diciembre en la Zarzuela. Se despide asimismo su director, Antonio Najarro, cuya labor de difusión ha sido esencial. Amigos desde el extranjero que no tienen ni idea de danza española me han mandado, por ejemplo, vídeos del Ballet con millones de visualizaciones.

Como es de esperar, están dúos clásicos, el Concierto de Aranjuez coreografiado por Pilar López y boleros, como Puerta de Tierra de Antonio. Tampoco faltan piezas emblemáticas del repertorio y creaciones bailadas con gran brío por los solistas y primeros bailarines, Francisco Velasco mimetizado en el Zapateado de Sarasate o un Sergio Bernal, Ícaro físico y aéreo a la vez en la pieza epónima de Antonio Najarro. La Orquesta de la Comunidad de Madrid dirigida por Álvaro Albiach interpreta un repertorio cien veces oído, pero que, por su buen hacer, suena ligero, sin pesadez, dejando el primer plano a la danza.

El mayor logro se consigue, no obstante, en las piezas donde el cuerpo de ballet en su conjunto es protagonista. En Ritmos, estrenada en 1984 en ese mismo escenario, Alberto Lorca deja de lado el discurso narrativo romántico y aplica a la danza la abstracción y geometría integradas desde hacía décadas a la pintura. La danza recupera, entonces la modernidad (la de la Argentina y de la Argentinita) que la asociaba a las vanguardias artísticas de la Edad de Plata, en el primer tercio del siglo XX. El vibrante Romance (Galicia) no es sino una muñeira magnificada por la música de Eliseo Parra y su banda, maestro del folklore como lo fuera en su día Juanjo Linares, requerido por Antonio Gades para transmitir los pasos de danzas regionales a su compañía. Antonio Gades fue, por cierto, de los primeros (y.…¿único?) en rehabilitar el folklore, lo popular y quitarle ese tufillo rancio asociado, como bien dice el programa de mano, a los Coros y Danzas de la nebulosa franquista. La coreografía grupal de una aparente sencillez de las Lavanderas en Fuenteovejuna (“En el lavadero, te he visto lavar, y me parecías estrella de mar”) lo ilustra de manera emotiva y rotunda. Una lectura contemporánea de elementos culturales del pasado impide que estos sean denostados o caigan en el olvido.

Como plato fuerte concluye el flamenco, que Antonio Najarro sitúa en la justa intersección entre lo popular y la modernidad. El flamenco es el niño consentido del público y el director lo sabe, apelando a intérpretes de primer orden como el pianista David Peña Dorantes, el cantaor Rafael de Utrera, María Mezcle o Saray Muñoz, cantaora oficial de la compañía. El cuadro flamenco sobredimensionado del final en el que participa todo el elenco, destacando una magnífica Esther Jurado, recrea uno de los frescos más llamativos de la serie pintada por Joaquín Sorolla en la Hispanic Society de Nueva York, titulada, por cierto, Visión de España. En la segunda danza coreografiada por Manuel Liñán triunfa lo colectivo, lo incluyente, que no deja de lado lo particular, en un mosaico alejado de estereotipos añejos o retrógrados.

Es necesaria una compañía pública como el Ballet Nacional de España, que rescate el patrimonio dancístico de gran formato que, en la actualidad, ya sea por el tamaño diminuto de las compañías, o por ser un reto supuestamente arriesgado, casi nunca se representa en España. Y es necesario que lo haga de esta manera, defendiendo una danza española de calidad que integra nociones como rentabilidad, buena imagen y presencia en las redes sociales. Sólo desde estas premisas se consiguen, como lo muestra el Ballet Nacional en estos tiempos de incertidumbre, los magníficos resultados de varias temporadas con el codiciado cartel de “no hay billetes”.

Por Isamad

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